La historia de la peste protagoniza la microexposición de febrero del Archivo de Navarra

Se exponen documentos de los siglos XIV y XVI que reflejan sus consecuencias, así como las medidas que se adoptaron para combatirla
12 de febrero de 2021
Recreación de las exequias del rey.
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La historia de la peste en la Comunidad Foral protagoniza la microexposición organizada para el mes de febrero por el Archivo Real y General de Navarra que, de esta manera,  muestra al público algunos de los documentos que conserva sobre ella y que ha querido hacer coincidir con la  pandemia provocada por el COVID-19.

La muestra ofrece la posibilidad de ver documentos que reflejan las consecuencias que tuvo la Peste Negra de 1348 y la virulencia de los posteriores brotes en distintas localidades de Navarra, durante los siglos XIV y XVI. También permite indagar sobre algunas de las medidas que se adoptaron para hacer frente a esta enfermedad, como los cordones sanitarios en época moderna, el enterramiento de apestados fallecidos o testimonios médicos sobre sus consecuencias.

Bajo el título “La Era de la Peste” se puede contemplar una muestra de pequeño formato, de acceso libre y gratuito, que permanecerá abierta en la galería baja del Archivo de Navarra todos los días del mes de febrero de 10:00 a 14:00 horas y de 17:00 a 20:00 horas.

La Peste

La peste era una enfermedad fácil de contagiar y cuyo desenlace más habitual era la muerte. El bacilo causante de la infección, inoculado normalmente por la picadura de los parásitos, provocaba un gran bulto en cuello, sobacos e ingles y unas hemorragias subcutáneas que daban a los cadáveres el color oscuro que explica su sobrenombre de “muerte negra”.

También conocida como peste bubónica llegó a una Comunidad Foral superpoblada y hambrienta, a mediados de 1348. En un año causó una gran mortandad y redujo la población a la mitad.

“De hecho, para la primera mitad del siglo XIV se ha calculado que el Reino de Navarra contaba con cerca de 40.000 hogares, su máximo pico demográfico, una cifra que no volvería a alcanzarse hasta finales del siglo XVIII”, comentan los responsables de la exposición. Una de las víctimas de esa primera gran pandemia fue la reina de Navarra, Juana II, cuya muerte se sitúa en París el 6 de octubre de 1349.

“Después de esa primera gran pandemia de 1348, la población se podía haber recuperado si no hubiera sido porque la enfermedad resurgió periódicamente en sucesivos brotes”, recuerdan. “Desde entonces, su retorno periódico hizo que todas las generaciones, durante los siguientes cuatro siglos, vivieran la traumática experiencia de una epidemia”.

De hecho, indican, “cuando el país comenzaba a recuperarse del impacto llegó una nueva oleada en 1362 y de nuevo otra en 1382”. Los brotes llegaron a ser recurrentes cada diez años aproximadamente, pero más tarde se espaciaron hasta que en 1723 se la pudo dar por erradicada en Europa Occidental. “La peste abrió así el camino a otras enfermedades epidémicas como el tifus, la viruela, el cólera, la gripe o el mismo coronavirus”, explican.

Medidas contra esta enfermedad

Desde el Archivo Real y General de Navarra señalan que “durante ese largo periodo la enfermedad formó parte de la vida cotidiana. Los brotes provocaron el pánico de la población que, al principio, sólo podía implorar el perdón del cielo, porque creían que era un castigo por sus pecados”.

A partir del siglo XVI se comenzaron a tomar medidas más efectivas. “A falta de remedios médicos –los antibióticos y las vacunas no llegaron hasta mucho después– sólo pudieron servirse de rigurosas medidas sociales que en cierto modo recuerdan a las aplicadas hoy en día. Unas medidas que al principio se tomaron a nivel local y más tarde se aplicaron a nivel general para todo el reino”, comentan.

Al declararse un brote, los que pudieron aplicaron el principio de “huir pronto, hacerlo lejos y volver tarde”. “Los primeros en hacerlo solían ser los médicos y las autoridades” añaden y recuerdan que “es conocido, por ejemplo, que durante la terrible peste de 1599, que dio origen al Voto de las Cinco Llagas, los primeros en escapar de la ciudad de Pamplona fueron el virrey y los Tribunales Reales, que se refugiaron en Olite y Tafalla respectivamente”.

Sin embargo, el mecanismo de ensayo y error pronto mostró la eficacia de una serie de medidas que hoy se aplican. “Las cuarentenas, que se realizaron en ermitas y chozas dispersas por el campo, y los confinamientos, que afectaron a casas, barrios, localidades e incluso a la totalidad de valles afectados”, exponen que supusieron que, a mayor escala, “se adoptaron limitaciones a la circulación de personas y bienes mediante cordones sanitarios. La acreditación de que los viajeros no vinieran de zonas apestadas fueron controladas desde el primer momento”.

Boletín sanitario certificado

En la microexposición se exhibe un boletín sanitario certificando que acreditaba que dos vecinos de Zaragoza, que tenían previsto desplazarse a Tudela, gozaban de buena salud y no tenían síntomas de peste. Con el tiempo, también se pusieron en marcha medidas políticas como la colaboración sanitaria internacional, la creación de la enfermería para la asistencia médica masiva, la limpieza urbana o la desinfección sistemática de personas e inmuebles.

Sólo así la sociedad navarra, al igual que el resto de la europea, consiguió “la ansiada victoria sobre la enfermedad” avanzan. A partir de mediados del siglo XVII la Peste pasó a ser para los navarros sólo un motivo de alarma.

Sin embargo, su recuerdo pervive en la memoria colectiva hasta hoy en día, “como puede comprobarse en la huella que su terrible pasó ha dejado en la cultura, en el arte y en las tradiciones: fiestas, romerías, cofradías, imágenes y ermitas dedicadas a los santos protectores como San Roque y San Sebastián”, concluyen tras destacar, “la omnipresencia de la muerte en la literatura y la pintura o en el mismo lenguaje” con expresiones como “echar pestes”, “temer más que a una peste” o simplemente “apestar”.