Pamplona, 22-27 febrero 

Homenaje a Jean Vigo


Jean Vigo

Se ha dicho: un anarquista armado. Con tomavistas. Un rompedor. Un vividor fugaz. Como James Dean. Un artista. Un revolucionario. Por encima de todo: un cineasta. En sus escasos treinta años de vida rodó cuatro películas. Con pocos medios y muchas ganas. Y las cuatro han pasado a formar parte de la historia del cine. A propósito de Niza. Taris. Cero en conducta. El Atalante. Punto final.

Nacido en Paris en 1905, la biografía de Vigo luce ahora con las desventuras de sus primeros años de vida, que, al gusto de los biógrafos baratos, marcaron su carácter combativo y su escasa producción artística. El padre de Vigo, Miguel Almereyda, era un destacado militante anarquista, y murió, asesinado bajo la burda apariencia de un suicidio, en una cárcel francesa en enero de 1917, cuando el pequeño Jean contaba con sólo doce años de edad. Malnutrido, enclenque y algo abandonado por su madre, otra militante anarquista, fue adoptado por su abuela paterna y su nuevo marido, de la que tomó prestado su apellido por unos años: Salles. Con ese nombre, Jean Salles, aparece Vigo inscrito en un internado de Millau, entre 1918 y 1922. En ese internado, y para honrar la memoria de su padre asesinado, Jean irá forjando su espíritu ácido y libertario y cultivando el refinado arte de la indisciplina. De sus experiencias en ese colegio nacerá su segunda película, con un título inequívoco: Cero en conducta, que bien puede aplicarse a toda su actitud ante la vida.

Pero no corramos. Antes estuvo La Sorbona, donde nunca consiguió entrar porque su delicada salud pulmonar le obligó a retirarse a una clínica en Andorra. Y después, también en Andorra, Elizabeth Lozinska, apodada Lydou, hija de un industrial polaco, que se convertiría en su compañera hasta su muerte. Y siempre, su vocación de cineasta. Frente a otros contemporáneos, que llegaron al cine por casualidad, error o curiosidad, Vigo tuvo muy clara su vocación de cineasta, tan artística como social y sarcástica. Refiriéndose al cine de su época (aunque podría hablar del de la nuestra), dijo: “En el cine tratamos a nuestro intelecto con el mismo refinamiento que los chinos suelen reservar normalmente para sus pies”. Y por fin, llegó A propósito de Niza.

Guiado de nuevo por el mal estado de su salud y los consejos de los médicos, Vigo viajó a Niza, nido de la burguesía francesa y símbolo de todo lo que detestaba. Allí, con el dinero que le prestó el padre de Lydou y la ayuda de un cámara muy especial, Boris Kaufman, hermano de otro de los pilares del cine documental, Dziga Vertov, filmó en 1929 su mordaz retrato de la putrefacta vida burguesa en la ciudad mediterránea: A propósito de Niza. Un cortometraje de media hora, de claras influencias surrealistas, hiriente, atrevido y sangrante, a imagen y semejanza de su ideólogo, en el que Vigo pone en marcha su teoría del “punto de vista documentado”, revisión libertaria de la teoría del “cine-ojo” de Vertov. Frente a la objetividad que ya entonces se quería atribuir al género documental, Vigo defiende un cine documental basado en la realidad, pero con un fuerte compromiso del autor, con una mirada propia. Un punto de vista. Documentado, pero punto de vista. Él lo dijo mejor: “Este documental social se diferencia del documental sin más y de los noticiarios semanales de actualidades por el punto de vista defendido inequívocamente por el autor. Este documental exige que se tome postura, porque pone los puntos sobre las íes. Si no implica a un artista, por lo menos implica a un hombre”.

Sobre la película, una anécdota. Invitado a dar una charla sobre cine documental, Vigo quiso proyectar Un perro andaluz, de Luis Buñuel. Como no consiguió el permiso de Buñuel, recurrió a su propio cortometraje. Y lo presentó así: “Dirigirse hacia el cine social significaría decidirse simplemente a decir algo y a suscitar ecos diferentes de los eructos de todos esos señores y señoras que van al cine a hacer la digestión”.

A propósito de Niza tuvo un éxito modesto, y Vigo no volvió a rodar hasta 1931, cuando recibe el insólito encargo de dirigir un documental sobre el campeón de natación Jean Taris. El resultado: Taris. En 1932 conoce a un extraño productor, Jacques-Louis Nounez, enamorado de las vanguardias y capaz de dilapidar su dinero en proyectos arriesgados. Gracias a él, reúne 200 mil francos y pone en marcha su primer largometraje: Cero en conducta. Claramente inspirado en sus experiencias de juventud en el internado, la película es irreverente de principio a fin, crítica con las instituciones de enseñanza y muy personal y lírica en lo formal. Como era de esperar, la censura retira el filme de circulación por sedicioso, y hasta 1945 no volvería a ver la luz.

El fracaso de Cero en conducta no desanima ni a Vigo, inasequible al desaliento pese a su débil estado de salud, ni a su productor, que no abandona al cineasta y consigue, quizás por arte de magia, un millón de francos para la siguiente y última película de su protegido: El Atalante. Una historia mínima, la de unos recién casados en una barcaza, unos diálogos decantados, un control de la imagen y una inusual mezcla de surrealismo y amor por los personajes y sus detalles convierten El Atalante en la obra maestra de su director. Entre los admiradores de esta película, François Truffaut: “Filmando palabras y actos prosaicos, logra sin esfuerzo alcanzar la poesía”. Desgraciadamente, Vigo no llegó a escuchar palabras entregadas como estas, y tuvo en cambio que soportar que la productora Gaumont mutilase el film, le añadiese canciones de moda y le cambiase el nombre para “salvarla” del previsible desastre de público. El fracaso, pese a la refinada cirugía, fue mayúsculo.

Meses después, y quién sabe si espoleado por la pobre acogida que habían tenido sus películas, Vigo murió víctima de una septicemia de origen reumático. Era el 5 de octubre de 1934. Hoy, su obra completa cabe en una caja de DVD, es posible descargar sus películas vía internet y el mayor medidor de popularidad del mundo, el buscador Google, arroja 207.000 entradas al realizar la búsqueda “Jean Vigo”. Sin embargo, pocas cosas le gustarían tanto como saber que el internado en el que cometió sus primeras fechorías lleva hoy el nombre de su peor y menos agradecido alumno. Jean Vigo.